Hace un par de semanas pasamos un fin de semana en Kyoto. Así somos.
Fuimos con Ronald. El bueno de Roni medita cada decisión que toma como si le fuese la vida en ello. Hay mucha gente así. Lo que convierte a Roni en único es que se arrepiente en cuanto se decide. En el mismo instante que se decide, se arrepiente. Agotador! Analiza todas sus decisiones en base a lo que renuncia (eche así a vida, optar por algo conlleva una renuncia implítica) "yo tomaré noodles gracias. Uf! Tendría que haber pedido macarrones con chorizo o huevos fritos con patatas. No me digas que una gachas ahora no habría sido mejor..." Así con todo...
En Kyoto los jardines son preciosos. Tanto que uno tiene que controlar sus instintos para no ponerse a gritar como una locaza "qué verde! qué intenso! Esto es muy fuerte! Me está tocando muy dentro de mi" En su lugar Roni y yo tuvimos que mantenernos impertérritos y distantes para que la fría de jb wode taitai no nos tachase de mariconas. Ay mi señora, todo un carácter...
En Kyoto también hay Geishas. Roni destapó el tarro de las esencias y se descubrió como un auténtico experto en estos menesteres. Al parecer, según Roni ojo, las geishas no son lumis propiamente dicho "ya que no hay penetración". Unas calienta-pollas vamos... En aras de evitar malentendidos las geishas van vestidas con sábanas de colores bien ceñiditas, zuecos en los pies, calcetines blancos, ingeniería capilar en forma de peinado y caminan con pasos muy cortitos. Kyoto también tiene "las pilinguis de toda la vida" como las llama Roni.
La vuelta a Shanghai me tenía preparada una sorpresa... Mi jefe venía a hacer la gira asiática. Reconozco, no sin cierto temor, que la perspectiva de pasar mi última semana en China en compañía de mi jefe me hacia andar como las geishas: a pasos cortitos y arrastrando los pies por el suelo... aerolíneas, navieras, kilos, metros cúbicos, densidades, costes, pallets, cajas, almacenes... En fin! Sin embargo todo valió la pena cuando en la comida con una naviera a mi jefe le trajeron, como muestra de respeto y admiración, la cabeza del pescado que habíamos comido...
Me pierdo en la nomenclatura de peces. No sé si era un rape, un mero o un rodaballo. Sí sé que era gelatinoso, que tenía dos ojos y una pinta asquerosa...A lo mejor también tenía un apodo el pobre pececito. Igual en casa le llamaban Güido (igual no). Ver a mi jefe chupar la cabecita del pobre Güido, que tenía un futuro muy prometedor, comerse los ojitos mientras lágrimas de arcadas recorrían sus mejillas compensó TODO con creces. La mirada que me dirigió mi jefe fue fulminante (el amigo Güido tenía vacía la mirada) cuando me vio dando golpes en la mesa, congestionado a carcajada limpia (yo también tenía lágrimas en los ojos)...

"Hay una región en la experiencia del dolor en que la certidumbre del alivio suele permitir una resistencia sobrehumana" William Styron "Esa visible oscuridad"