El fin de semana lo pasamos en Tokio. Al parecer, lo ideal es ir a Tokio cuando florecen los cerezos y cuando se les pueden dar galletas a los ciervos en los parques. Yo no reconocería un cerezo en mi puta vida y Perico ya se había comido las galletas así que esperar hasta primavera para visitar la capital nipona no habría tenido ningún sentido.

Creo que lo mejor es empezar por el final. Por la vuelta. Aterrizar en Honqiao Airport y tener la entrañable sensación de haber llegado a casa es cuando menos raro  (para los amantes de las curiosidades inútiles os diré que en lugar de ir de Pudong a Narita fuimos de Honqiao a Haneda). Escuchar cómo buscan, los nativos, los gargajos en el fondo de la garganta y sentirse en casa es cuando menos raro; la saña con la que los expulsan; la fuerza con la que caen en el suelo; sentir el pánico a que uno de los múltiples esputos tenga a bien aterrizar en tu cara y sentirse en casa es cuando menos raro; concentrarse en no perder tu posición en  la no-fila de los taxis; perder la citada concentración y por tanto el puesto, al sentir (sí sí sentir, no escuchar) una flatulencia a tus espaldas y sentirse en casa es cuando menos raro; subirse al taxi y que cuando das la dirección de destino, por respuesta, lo que único que obtengas sea un bocinazo y aún así sentirse en casa es cuando menos raro... Y no hablo del color del cielo porque me emociono.

En Tokio se escuchan los pasos de la gente. Y eso porque todavía no han aprendido a levitar. Y los pájaros y, si me apuran hasta la respiración. Miles de personas se cruzan en Sibuya sin tocarse con una armonía digna de un ballet. Todos los japoneses, una vez superados los problemas de estabilidad emocional juvenil que les obliga a ir, durante su adolescencia, disfrazados de gilipollas, parecen Presidentes de grandes empresas. Dejo Tokio admirado con su civismo y con su promiscuidad sexual. Imagino (deseo?) que éste sea el camino hacia el que nos dirigimos cual rebaño obediente, el resto del mundo...

Imposible aguantar, por más tiempo, la necesidad de hablar de nuestros compañeros de viaje y última visita en Yanan Xi Lu: el ínclito Perico y la trascendental Cristinita. Hasta que nos fuimos a Tokio nos atiborraron de comida casera, prevenidos, al parecer, por la madre de Jb, wode taitai, quien cree que no hemos cocinado en nuestra vida.

La trascendental Cristinita, para quien cruzar un semáforo es entrar en una simbiosis con el resto de la raza humana, piensa que las tazas del retrete se levantan solas. Claro, luego llega este mundo cabrón, en el que nada es lo que parece, y descubres, demasiado tarde, que las tapas hay levantarlas porque si no se monta un Cristo de dimensiones épicas (Ojalá esto fuese una metáfora fruto de mi imaginación... Ojalá!).

Y Perico pues como siempre. Un líder de masas, una estrella del rock que vive su fama con el aplomo de saberse eterno. Pegado a su coleta y a su pragmatismo respira aliviado ante un plato lleno.

Cristina ha ido domando a la fiera y ahora no queda ni una sombra del león que fue. No es que lo haya convertido en un castrati pero no cabe duda que lo ha domado...No come azúcares refinados, ni grasas saturadas y respira por la nariz. Al parecer, dice él, la nariz tiene unos pelitos que filtran y hacen que el aire que respiramos sea más puro... "claro Perico, claro". Los que lo recordamos dando buena cuenta de pollos vivos no podemos menos que sorprendernos al verlo sentado a una mesa haciendo meditación antes de una comida y hablando entre bocado y bocado sin miedo a que se enfríe el filete...

Escucharlo decir cosas como "...que los seres humanos seamos los únicos animales que tomamos leche más allá del periodo de lactancia, es una demostración clara y meridiana de que la leche es mala, excepto la de soja, obviament" (los adverbios ahora los dice en francés el Marcelino éste) o asentir casi compulsivamente cuando la onírica Cristinita sentencia "el yoga es más importante para la vida que la respiración" provocan en mi una mezcla de satisfacción, sorpresa y por que no decirlo, una rabia contenida y envidia por ver que Cristinita ha conseguido lo que dos almas como sensibles como Roque y yo no conseguimos en 22 años...

La cocina y la pachorra son compañeras inseparables de esta pareja cósmica que no consiguió salir de nuestra acogedora casa antes de las 13.00 ni un solo día de los 15 que llevan en China...

Se van pero otros llegan y no menos desequilibrados...

"Amigo de las estrellas -dijo al fin-, has adquirido una gran sabiduría. Ten cuidado que no de lugar al orgullo" Rudyard Kipling "Kim"